OIT Colombia/András Felipe Mancera Mancera
Con la ayuda de la
Organización Internacional del Trabajo, Rosa Duarte recibe formación laboral
para mitigar las barreras que impiden a las víctimas su inserción laboral o
generación de ingresos.
Tras huir del crimen
organizado, Rosa Duarte reinventó su vida en Colombia hasta que llegó la
pandemia de COVID-19 y tuvo que reinventarse de nuevo, esta vez con el apoyo de
la ONU-que le ofreció una formación que ahora ella recomienda a otras
mujeres.
Con la pandemia de COVID-19, en el mundo entero se popularizaron
palabras como reinventarse, reconstruir, recuperarse o resiliencia tras los
millones de formas de vida pérdidas que trajo consigo el virus. Palabras con
las que las víctimas de la violencia en Colombia han convivido por
décadas.
Según la Real Academia de la Lengua el prefijo re- significa
'repetición', 'detrás de' o 'hacia atrás', 'intensificación’, ‘oposición',
'resistencia' o 'negación', un conjunto de acepciones diversas que leídas al
unísono parecieran reunir todo lo que trajo consigo el año 2020, de la misma
manera que significan todo lo que Rosa Duarte había ya vivido en
2008.
En aquel año, durante el mes de marzo, la brisa de la noche
traía la frescura ansiada por las gentes del popular barrio 7 de Abril,
luego de un calor ardiente, como suelen ser los días que anteceden a la
primavera en la septentrional costa colombiana, donde se ancla a orillas del
mar Caribe, la alegre y carnavalesca ciudad de Barranquilla.
Iban a ser apenas las nueve, cuando El Corroncho Villa, un
vecino y buen amigo del sector, llegó de prisa con su rostro empalidecido por
la angustiosa noticia que trae para la pareja de esposos, Rosa Duarte, de 23
años, y Rafael Jiménez, de 28, y que los lleva, de inmediato, a abandonar junto
a sus dos pequeñas hijas, la casa que con años de sacrificio lograron
construir, cimentados en los sueños y la sana ilusión de sacar adelante a una
familia.
Poco tiempo atrás, gracias a un préstamo bancario, Rosa había
conseguido montar en dicha zona de la deprimida Curramba, una pequeña
tienda de barrio bien surtida, donde vendía de todo, menos licor y cigarrillos,
esto por razones religiosas.
Lo que Rosa y Rafael no sabían antes de iniciar el
emprendimiento, era que, en aquel barrio de la zona metropolitana de
Barranquilla, todo
aquel que deseara abrir un establecimiento de comercio, debía pagar un monto,
más conocido como vacuna, a las bandas criminales organizadas
que operaban en el sector, bajo el pretexto de tomar el servicio de seguridad
privada que ellos obligatoriamente ofrecían.
Tras la seria amenaza de muerte, por no haber podido cumplir con
el pago de varias cuotas semanales; Rosa, Rafael y sus pequeñas hijas, para
salvaguardar sus vidas, debieron huir esa noche, escondidos entre los chécheres
de un camión de acarreos que casualmente pasaba por ahí. Se fueron tan sólo con
la ropa que traían puesta. Debieron dejarlo todo atrás, sus sueños, sus
esfuerzos, absolutamente todo cuanto habían construido durante varios años de
sacrificio y trabajo.
Rosa recuerda y narra especialmente este hecho como el comienzo
de lo que ella considera fue una huida incesante que los lleva a recorrer una
geografía del país profundamente marcada por la violencia, pero es
en Necoclí, municipio del departamento de Antioquia, donde se encuentran
frente a frente con el conflicto armado que vivió el país; su familia, como la
mayoría en aquella región denominada Urabá, quedaban en medio de una disputa
por el control del territorio que por décadas había sido escenario del
narcotráfico al estar privilegiado con puertos estratégicos de
embarque.
Esta situación lleva a Rosa a constituirse legalmente como
víctimas del conflicto armado en el mes de marzo de 2012, aunque de esta parte
de su vida prefiere no dar más detalles.
Reinventarse
Tras aquella larga travesía, Talaigua Nuevo es el
municipio donde, haciendo honor a su nombre, los Jiménez Duarte
encuentran la oportunidad de un nuevo comienzo. Ubicado en el
departamento de Bolívar, residen allí hasta la fecha y Rosa recuerda
que iniciaron vendiendo cocadas dulces, sopas mixtas, fritos, bollos de
maíz y queso biche para sostener a su familia.
Impulsada por esa perseverancia que Rosa asegura llevan consigo
todas las víctimas del conflicto, ahorró y
compró una moto para destinar al servicio de mototaxismo, un ingreso que
complementó con la venta de productos por catálogo, aunque su sueño de niña era
otro.
“Yo soñaba ser presentadora de televisión, estar donde se
origina la noticia, me imaginaba en el canal del león, el canal A, si no me
falla la memoria. También quería tener una casa grande donde pudiera albergar a
los jóvenes que tienen conflictos en sus casas porque es muy doloroso cuando
eres maltratado y no tienes ni un padre, ni una madre (parte de su propia
historia). Desafortunadamente no he podido lograr ese anhelo, pero siempre he tenido presente
que quien da no es quien tiene más, quién da es quien quiere dar. A
quien le nace del alma bendecir de lo poco que tiene”, asegura en declaraciones
a Noticias ONU.
Cierto día, un conocido del pueblo que sabía de su liderazgo y
actitud de servicio, la invitó a postularse como representante en la Mesa
Municipal de Participación Efectiva de Víctimas, un espacio de representación
de la población afectada por el conflicto colombiano. La Mesa tenía por
objetivo la construcción, ejecución y control de las políticas públicas para
las víctimas.
“A pesar de que Dios me ha regalado una buena oratoria, no di
para dar un discurso cuando me postularon en la Mesa simplemente les dije que,
si Dios, ponía gracia en mí para que las mujeres de todo Bolívar me dieran su
aprobación, ahí iba a estar para dar los esfuerzos necesarios para trabajar en
pro de ellas. Aunque no he cumplido al 100 % con esa promesa debido a que la
pandemia ha sido una gran limitante, he sido incansable en mi lucha, sobre
todo, a favor de la educación y la capacitación de las mujeres de Bolívar”,
explica.
Rosa, por su compromiso con la población, fue elegida por todos
y hoy su aportación en la Mesa, asegura, es una aventura gratificante llena de
logros y trabajo, al poder promover la participación y el empoderamiento
principalmente de las mujeres.
“Llegue a una Mesa Municipal sin saber nada, pero con hambre y
sed de dar lo mejor de mí para mitigar
un poco ese impacto que la violencia ha dejado en muchas de nuestras mujeres.
Porque las mujeres han sido las que han puesto la cuota de dolor más alta en
esta guerra absurda”, asegura.
Reconstruir
mejor
Entretanto, Rosa, al igual que millones de personas en el país,
no estuvo exenta de sufrir los embates de la crisis que trajo consigo la
pandemia, por la que tuvo
que vender su moto y expandir su oferta.
“Puse en práctica cursos de procesamiento de frutas y hortalizas
y otro de bisutería, hacia mis pulseritas, mis bocadillos de guayaba, muchísimo
bollo de maíz”, asegura.
Precisamente velar
por esas oportunidades de formación que de alguna manera le brindaron a ella,
en medio del confinamiento, la posibilidad de sostenerse, ha
sido la bandera de Rosa como representante de la Mesa Municipal desde el
comienzo, quién asegura que sólo con educación y empleo se logrará la paz en
Colombia.
Fue así como la misma Rosa incidió para que las mujeres de su
comunidad pudieran acceder a programas como “Formándonos para el Futuro” del
Ministerio del Trabajo y la Organización Internacional del Trabajo al que ella se
vinculó desde el año 2020 en la modalidad de Análisis y Programación de
Sistemas.
“Una de las cosas más importantes que me llevó a tomar esta
formación fue capacitarme para poder obtener un título y decirles a mis hijos:
mire tengo 40 años y si yo puedo ustedes también, así como todas las víctimas”,
comenta.
Un informe reciente de la Organización Internacional del Trabajo
advierte que el efecto solamente de los
tres primeros meses de confinamiento en el mercado de trabajo en Colombia fue
equivalente a perder el número de empleos femeninos generados en los últimos 11
años.
Favorecer la formación para el trabajo que reduzca la brecha
digital por la que muchas mujeres se ven marginadas de oficios asociados a la
virtualidad, así como también incentivar su vinculación a formación para
trabajos tradicionalmente masculinos, es una de las principales recomendaciones
de esta agencia de la ONU para lograr poner a las mujeres en el centro de la
reactivación.
Formándonos para el Futuro es un programa de formación técnico
laboral diseñado en el marco de la ruta de inclusión laboral; su objetivo es
mitigar las barreras que impiden a las víctimas su inserción laboral o
generación de ingresos. Para 2021, el programa ha vinculado a 27 municipios a lo
largo y ancho del país con la participación de más de 1611 colombianos víctimas
del conflicto armado.
El Distrito Turístico y Cultural de Cartagena de Indias,
departamento de Bolívar, cuenta con la vinculación de 77 participantes; es allí
donde Rosa Duarte, con alegría y entusiasmo, supera la pandemia y el dolor que
años atrás le dejó la experiencia de vivir el temor de su desplazamiento, hoy
con orgullo y humildad, le hace su aporte a la paz de Colombia, así como lo
hacen otros miles de mujeres anónimas, mujeres de la paz, como ella se
autodenomina.
Reportaje
producido por la Oficina de OIT para los Países Andinos en Colombia.
Publicado
por: Noticias ONU – Mirada Global – Historias Humanas -6 de octubre 2021 -
No hay comentarios:
Publicar un comentario